![]() |
| Diálogo con Ñico Lora: Maestro del Merengue |
POR JUAN CRUZ TRIFFOLIO
Sociólogo – Comunicador Dominicano
Hace unos días elucubrando en una de nuestras hemerotecas logramos encontrar un interesante diálogo que sostuviera con la redacción del periódico La Información de Santiago de los Caballeros, en julio de 1947, el inmortal merenguero cibaeño, Francisco Lora Cabrera –Ñico–, a raíz de ser escogido por la Sociedad Folclórica Dominicana para rendirle un merecido homenaje por su valiosa contribución a la música dominicana.
Se trata de un documento que tanto por las informaciones que suministra sobre la vida artística del virtuoso acordeonista, hijo del municipio de Esperanza, como por los aportes que ofrece para el análisis histórico del merengue, confiamos en que, actualmente, tiene valor compartirlo con quienes participan en el proceso de definición y proyección de la identidad cultural dominicana.
Para entonces, Ñico Lora tenía unos 72 años de edad y residía en un modesto bohío de piso de tierra, setos de tablas de palma y techo de cana.
Mantenía su jovialidad, era expansivo, nervioso, con apenas unas 100 libras y una estatura no mayor a los 5 pies.
Sus ojos inquietos, ofertaban una mirada penetrante y se expresaba con la misma que el acordeón hablaba en sus manos.
Observemos que nos dice este maestro de la música típica, cuando haciendo peroratas sobre el merengue, el cual resultaba para él como hablar sobre sí mismo, produjo el siguiente diálogo:
–Ñico, ¿cree usted que el merengue es haitiano?
–Haitiano no puede ser, los haitianos no pueden haber producido una cosa tan buena, el merengue es de nosotros.
– ¿Dónde cree usted lo tocaron por primera vez?
–Yo creo que fue en Juan Gómez, así me decía mi papá, que era un viejo que sabía mucho. Usted ve, yo era un muchacho y todavía tocaban la galopada, la polka, el sarambo, el valsé, el chenche, la yuca; de antes habían muchos bailes, pero apareció el merengue y como gallo bueno, hizo huir a todos los otros bailes.
–Dígame, Ñico, ¿cuántos años tiene usted tocando?
–Yo tengo 72 años y comencé a tocar a los 12. Calcule usted. Cuando tenía 12 años yo había inventado un clarinete con un hierro viejo de una cama y unas gentes de aquí me metían en un saco y me paseaba por las calles del pueblo, yo tocando adentro del saco, y ellos cobrando. Ganaron mucho dinero conmigo.
– ¿A usted realmente le gusta la música, verdad Ñico?
–Ay!... Yo nací con una música natural en el pecho. La música me desvelaba, me ponía loco. Es una cosa como que se me mete y pone loco; como una calentura. Yo toco de oído, cuando se me viene una música a la cabeza agarro el acordeón y ya al ratito es un merengue que nunca más se me olvida. Yo no sé escribir música, pero tengo mucha memoria.
– ¿Sus hijos son músicos?
–Igualito que yo. Nada más tienen que coger el instrumento.
–Usted que ha tocado tanto, en todos los campos del Cibao, ¿dónde cree se baila mejor el merengue?
–Bueno, yo he tocado mucho y donde he visto mejor bailar el merengue es en la Vuelta de La Ciénaga y en Guayacanes.
–En sesenta años, debe usted haber producido muchos merengues.
– ¿Muchos? Yo mismo no sé cuántos son, más de doscientos que ni siquiera se los puedo mentar.
– ¿Recuérdese algunos de los que han gustado más?
–Vamos a ver. La Fine del Mundo, San Antonio, que también le llaman Antonio mi Hijo, San Francisco, La Ambulancia. Son muchísimos, quién se va acordar.
– ¿Cuál es su último merengue?
–Lo escribí hace dos días, se lo dediqué a mi amigo y protector Don José Ignacio y se llama La Llegada de Don José Ignacio. Estoy loco porque venga para tocárselo.
La conversación entre el Maestro Ñico y el periodista se prolongó en otras vertientes, pero por el momento ponemos un punto final a estos párrafos que sólo buscan constituirse en una expresión de respeto, admiración y reconocimiento para el más notable y popular compositor y músico del merengue: Don Francisco Lora Cabrera, y en un modesto aporte al proceso de construcción de nuestra identidad cultural.
