¿Podrá la inteligencia artificial comprender nuestras emociones algún día?

¿Podrá la inteligencia artificial comprender nuestras emociones algún día?

Por Licda Josmir Pérez

A pesar de que la inteligencia artificial (IA) ha avanzado a pasos agigantados desde que se acuñó el término en 1965, la posibilidad de que las máquinas sientan o expresen emociones reales sigue siendo uno de los mayores desafíos científicos y sociales de nuestra era. Expertos como Nerea Luis, doctora en IA, señalan que aunque la tecnología permite detectar ciertos rasgos a través del lenguaje y microexpresiones, estamos aún lejos de un escenario donde los robots interactúen con la sensibilidad de un ser humano.

Esta brecha entre la ficción de películas como “Terminator ”o “Blade Runner” y la realidad técnica plantea interrogantes fundamentales sobre la utilidad y el riesgo de dotar de sentimientos a los algoritmos en un mundo donde la interacción emocional es hasta ahora intrínsecamente humana.

La historia de esta disciplina se remonta a 1950, cuando el matemático Alan Turing, considerado el padre de la computación, formuló el famoso “test de Turing” o el “juego de la imitación”. En aquel entonces, se planteó que si una máquina lograba confundir a un humano en una conversación a ciegas, haciéndose pasar por otro ser vivo, se le podría considerar inteligente. Sin embargo, la realidad actual nos muestra que la inteligencia no se limita solo al procesamiento de datos, sino que implica capacidades físicas y de planificación que las personas realizamos de forma automática. Por ejemplo, acciones tan cotidianas como atrapar una pelota en el aire requieren que el cerebro estime pesos, trayectorias y posibles daños en milisegundos, una tarea que para un robot implica una gestión de datos extremadamente compleja que todavía se está perfeccionando.

El debate se vuelve aún más complejo cuando entramos en el terreno de la afectividad. Según explica la doctora Luis, la gestión de las emociones y las máquinas no armonizan de forma natural. Uno de los obstáculos principales es la falta de un estándar universal para la expresión emocional; estudios científicos sugieren que factores como la cultura y la herencia influyen en cómo movemos las cejas o sonreímos, lo que impide que un software reconozca sentimientos con una precisión absoluta en todo el mundo.

Actualmente, la IA busca ser más flexible mediante la “multimodalidad” el trabajo con diferentes tipos de datos combinados pero el consenso académico es cauto respecto a la viabilidad de productos comerciales basados exclusivamente en el reconocimiento de emociones, ya que estos suelen fallar en diversos aspectos.

Más allá de la viabilidad técnica, surge la pregunta de si es conveniente que las máquinas emulen respuestas afectivas. Existe una corriente firme de pensamiento que advierte que una máquina respondiendo con un “lo siento” programado ante el malestar humano podría resultar incluso dañino para las personas. Por ello, el interés tecnológico se orienta más hacia que los sistemas comprendan estados de frustración o temor para mejorar su interacción con el usuario, sin cruzar necesariamente la línea de la expresión emocional artificial, la cual no termina de ser bien aceptada socialmente.

Aunque la tecnología podría estar lista para dar pasos experimentales en este ámbito, los sistemas que verdaderamente “sienten” o tienen recuerdos permanecen confinados a la ciencia ficción. Mientras la IA continúa perfeccionando su capacidad de razonamiento y planificación para ser más útil, la humanidad mantiene su monopolio sobre la verdadera experiencia emocional. El futuro de la IA no parece estar en replicar el corazón humano, sino en ser una herramienta cada vez más capaz de entender nuestro contexto para ayudarnos de manera más eficiente.

Josmir Pérez

La autora es candidata a doctora en el uso de la Inteligencia Artificial Generativa para la enseñanza de la Lengua en la Universidad Autónoma de Santo Domingo; magíster en Lingüística Aplicada a la Enseñanza del Español en la UASD. Docente en universidades nacionales e internacionales.