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| El duelo entre superpotencias y el renacer de la humanidad |
Por Licda Josmir Pérez
La inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser una promesa de ciencia ficción para convertirse en el motor de un nuevo orden mundial encabezado por China y Estados Unidos. Este cambio de paradigma marca la transición de una era de descubrimientos teóricos a una de implementación práctica, donde la abundancia de datos y el espíritu emprendedor definen el éxito económico y la gobernabilidad global. Sin embargo, esta revolución tecnológica no solo promete una productividad sin precedentes, sino que trae consigo el riesgo inminente de un desempleo masivo y una crisis existencial sobre el propósito de la vida.
Situarnos ante este futuro implica reconocer que la competencia entre superpotencias es apenas la superficie de una transformación que nos obliga a redescubrir nuestra esencia humana frente al avance de los algoritmos.
El despertar de China como superpotencia tecnológica tuvo su propio "momento Sputnik" en 2016 y 2017, cuando el sistema AlphaGo de Google derrotó a los mejores jugadores de Go del mundo. Este evento desencadenó una fiebre por la IA en el país asiático, impulsando inversiones masivas y planes gubernamentales ambiciosos para liderar el sector en 2030. En esta nueva etapa, los datos han pasado a ser el recurso más valioso, superando incluso a la genialidad de los investigadores de élite.
China posee una ventaja competitiva gracias a un ecosistema digital único, donde aplicaciones como WeChat y los pagos móviles generan un volumen de información sobre la vida real que Silicon Valley no puede igualar. Mientras que Occidente encendió la chispa del aprendizaje profundo, China parece estar mejor posicionada para aprovechar el calor de ese fuego debido a sus empresarios aguerridos y su vasta "fuente natural" de datos.
No obstante, el éxito en la implementación de la IA conlleva una amenaza disruptiva para el mercado laboral global. Se estima que, en un plazo de quince años, la IA será técnicamente capaz de reemplazar entre el 40 y el 50 por ciento de los empleos en países como Estados Unidos. A diferencia de revoluciones industriales previas, esta automatización avanzará a una velocidad que la sociedad difícilmente podrá absorber, afectando tanto a trabajadores de cuello azul como a profesionales altamente cualificados, desde operarios de almacén hasta radiólogos. Esta tendencia hacia una economía donde "el ganador se lo lleva todo" podría concentrar la riqueza de forma extrema en manos de unos pocos magnates de la IA en China y EE. UU., exacerbando la desigualdad internacional.
A pesar de este panorama sombrío, existe una oportunidad para la coexistencia. La IA es una herramienta de optimización basada en datos, pero carece de la capacidad de brindar amor, empatía y compasión, rasgos que definen nuestra humanidad. La verdadera crisis no es solo el desempleo, sino la pérdida del sentido de identidad vinculado al trabajo diario. Para superar este desafío, debemos transitar hacia un modelo donde las máquinas se encarguen de las tareas rutinarias, permitiéndonos a los seres humanos dedicarnos a profesiones que requieran contacto personal y calidez humana. Al final, la inteligencia artificial podría ser el espejo que nos devuelva la imagen de lo que realmente importa: nuestra capacidad de conectar unos con otros a través del corazón y no solo de la lógica.
La autora es candidata a doctora en el uso de la Inteligencia Artificial Generativa para la enseñanza de la Lengua en la Universidad Autónoma de Santo Domingo; magíster en Lingüística Aplicada a la Enseñanza del Español en la UASD. Docente en universidades nacionales e internacionales.
