El sol ya se había escondido y, con esto, dejó una oscuridad que se apoderó de la montaña. Llevábamos unas horas en el campamento 4, dentro de las tiendas de campaña, esperando el momento para salir y decididos a alcanzar la cumbre de la montaña más imponente del planeta.
En el campamento 4 uno no descansa. Allí no se duerme. No solo por las condiciones climáticas, también por la emoción. El cerebro, en esa situación, empieza a imaginar todos los escenarios posibles. En mi caso, me veía en la cima. Nos faltaba muy poco para lograrlo y los expedicionarios lo sabíamos.
Sobre las once de la noche, salimos de nuestras tiendas y empezamos a escalar. Estaba oscuro, hacía frío, pero era muy bonito. Además, me sentía muy bien. Las luces de nuestros frontales iluminaban el camino, formando una línea de puntitos brillantes en la montaña. La luna se presentaba casi llena, por lo que no se veían tantas estrellas.
Un paso, dos, tres, cuatro… Estaba concentrada en la escalada y en conservar la energía. Me sentía bien. Paul también. Todo indicaba que el ascenso iba a ser exitoso, pero no podíamos confiarnos. No en el Everest. Del último campamento hasta la cima había unas 8 horas de escalada, por lo que todavía faltaba un mundo.
Fue entonces cuando llegamos al primer punto clave: el balcón. Es una zona muy icónica donde me alegré muchísimo por llegar. Me sentí muy contenta, pues no imaginé que íbamos a alcanzarlo tan rápido. Históricamente lo llamaron balcón porque es como una plataforma que sobresale un poco de la montaña y parece un balconcito.