Gallerismo en RD: negocio, tradición, cofradía y pasión

Dentro del redondel, las cualidades de virilidad y gallardía que algunos le atribuyen al gallo, quedan prontamente desvanecidas. En el enfrentamiento, que no pasa de 10 minutos, a ambos oponentes se les ve frágil y dar tumbos, intentando ganar una pelea que iniciaron con todo el ímpetu y arrojo que le permite su pequeño cuerpo cubierto de brillante plumaje. 

Al redondel llegan huraños, metidos en una caja transparente que baja de a poco desde la parte alta del coliseo hasta el centro del espacio donde tendrá lugar la pelea. Ahí, a la vista de todos, son pesados para que tanto los apostadores y el juez de la valla puedan comprobar que se trata de una pelea justa (el animal no opina), pues son dos ejemplares de edad y peso similar.

Tras una pequeña provocación con un tercer ejemplar, los gallos se colocan a cada lado, según el color, blanco o azul, de la cinta que llevan en sus patas, y arrancan un duelo a muerte que, si tienen suerte, podrán entablar la pelea y vivir. De lo contrario, uno quedará mal herido, aunque su oponente casi siempre, también queda golpeado y ensangrentado.

Allí, entre el vocerío de los que apuestan a primer o último momento, se da solo un escalafón de un negocio que mueve pasiones, pero también una cantidad de dinero que nadie se atreve siquiera a estimar. Ser gallero en República Dominicana abarca desde la crianza hasta la exportación de ejemplares a precios variados que pueden llegar a los 25,000 dólares.